No soy yo el que te da este consejo, sino la misma santa Teresa de Ávila. Había abandonado casi totalmente la oración después de su profesión en el Carmelo de la Encarnación de Ávila, y la vuelve a iniciar a los veintiocho años, a la muerte de su padre. A petición de sus hermanas carmelitas empieza a «escribir algunas cosas de oración».1 Se encuentra en ella una frase extraordinaria en la que dice esto: «Respondo de la salvación de aquel que haga un cuarto de hora de oración al día». Esta frase no tiene ningún sentido para aquellos que responden de la salvación de todo el mundo. Pero tampoco ella quiere dar garantías comerciales: si haces esto, tendrás automáticamente la salvación. No, para Teresa no se trata de un seguro de vida. Quiere decirte sencillamente que si haces de verdad oración cada día, van a sucederte «cosas», la gloria de Cristo resucitado va a invadirte progresivamente, y a la larga ahogará al hombre viejo. En este sentido afirma que el pecado puede cohabitar en ti con la oración.
A propósito de la oración, el padre Molinié dice, en un retiro, que forma parte de la sinergia de las actitudes que producen en ti la explosión de la gloria. Si eliges una, has franqueado un abismo: oración, adoración, caridad fraterna, sobre todo la Eucaristía, sin olvidar la humildad y la sinceridad contigo mismo. Si las practicas todas, se produce el fenómeno de la sinergia, los efectos se hacen geométricos (y no la suma de los efectos) y esto lleva a la explosión de la gloria como puedes constatarlo en algunos santos. Cuando san Benito Labre oraba en las iglesias de Roma, su rostro se iluminaba de tal manera que parecía que ardía. Ahora bien, si omites una de estas actitudes, no se producen otros efectos más que los que corresponden a las que pones en práctica.
Cuando Teresa de Ávila te propone hacer un cuarto de hora de oración, sabe muy bien que aumentarás la dosis. El Espíritu Santo te dará a gustar el agua viva y, a diferencia de otras bebidas, no te saciarás nunca. Cuantos más bienes sensibles posees menos los deseas. Mientras que la oración, que es un bien espiritual, cuanto más la posees, más la deseas. En el terreno de la oración, el Espíritu Santo va a cazarte a traición, y tú harás mucha más oración. Pero empieza primero por un cuarto de hora, pues es a menudo más difícil orar diez minutos que tres horas. Luego, te apasionarás por la oración y presentirás, con deseo y temor, que puede llegar a ser una vida interior a tu propia vida.
Ahora bien, si te propones hacer un cuarto de hora de oración cada día, puedes prever numerosas infidelidades: no hacerla, acortarla, o lo que es más peligroso, hacer como si la hicieses a tus propios ojos o ante los de Dios. Encontrarás muchas excusas: el trabajo, el cansancio, lo aburrido de la oración, la impresión de que pierdes el tiempo; en este terreno somos bastante imaginativos. Pero si has tomado la decisión de hacer oración cada día, hay una regla fundamental que podríamos enunciar así:
las infidelidades no tienen ninguna importancia, con tal de que las reconozcas como tales y sobre todo que no te instales en ellas. Si durante muchos meses no haces oración, pero estás atormentado por ello, estás salvado. Por el contrario, si haciendo oración, dejas penetrar en ti la turbación, estás en peligro. Estoy pensando en todos aquellos que afirman: la oración no es para mí, o vale más entregarse a los demás que «perder así el tiempo», o los que hacen objeciones más sutiles sobre la posibilidad misma de la oración o sobre la forma de hacerla. Aquí es precisamente donde llegas al corazón de la oración y a su misma definición. No es fácil hablar de ella, y por eso Teresa de Ávila tuvo que andar en dimes y diretes con las autoridades de la Iglesia (en particular con la Inquisición). Estas gentes no eran activistas y no enfrentaban como nosotros la dimensión horizontal a la vertical; ponían frente a la oración la virtud, la ley, el culto de Dios. Para santa Teresa de Ávila, la oración pertenece al orden del cielo, del fin último. Hacer oración es adelantar en la tierra lo que harás en la eternidad, a saber, participar en el diálogo de amistad del Padre y del Hijo, en la visión clara, mientras que aquí abajo vives esto en fe.
Teresa de Ávila define así la oración: «Tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama».2 Normalmente vivirás esto en el cielo en la luz y el amor, pero ¿tienes derecho a empezar este diálogo en la tierra, mientras eres todavía militante? En esta concepción, la oración no es solamente un medio, sino que entronca con el fin último, en el cielo. Es un poco como el reproche de Marta a María en el evangelio, al que Jesús responde: «María ha elegido la parte buena, que no le será quitada» (Lc 10,42).
En el fondo, Cristo dice a María que tiene el derecho a gustar, desde la tierra, de una parte de la alegría del reino que es compartir su amistad y la del Padre. Cuando Teresa de Ávila te propone un cuarto de hora de oración, te invita sencillamente a dejar que esta presencia de los Tres, que impregna el fondo de tu ser, suba a la superficie de tu conciencia para investirlo por entero de un sentimiento de alegría. Me dirás tal vez que la oración no es siempre para ti un tiempo de alegría, y es cierto pero poco a poco, irás distanciándote de lo que experimentas para poner únicamente tu alegría en Cristo resucitado.
Ves según esto lo que no es oración: no es una súplica, ni una meditación, ni una lectura espiritual, ni la misa, ni el oficio, aunque puede impregnar todo esto como el aceite. Todas estas «cosas» pueden llevarte a la oración, pero no se identifican con ella. La oración es el comienzo del cielo en tu corazón. Adivinas también que todo lo que te he dicho a propósito de la «oración de rodillas» debe normalmente conducirte a la oración. A fuerza de lanzar gritos de llamada hacia el cielo, acabará por rasgarse un día y entonces dejará llover el nubarrón del Espíritu. Pero el cielo no está nunca fuera de ti, está siempre escondido en el fondo de tu corazón, y es de dentro de donde brotará el agua viva.
- SANTA TERESA DE JESÚS, Camino de perfección. Prólogo en Obras Completas, Aguilar, Madrid, pág. 277. ↩︎
- SANTA TERESA DE JESÚS, Vida, cap. VIII, 5, ob. cit. ↩︎
La cita es del libro CUANDO ORÉIS DECID: PADRE…, de Jean Lafrance, Pág. 104-107. Editorial: NARCEA/ÁGAPE.
